El laberinto: un lugar para encontrarse
El laberinto es un camino, por lo que es también un proceso. No es una cosa o la otra, como el minotauro. Un laberinto une dos opuestos, es una contradicción y es el camino que sucede para que los opuestos se unan. Dentro del laberinto está el desvanecimiento de la polaridad entre el afuera y el adentro. Allí se unen Teseo y el Monstruo.
“Navegar por el entrelazamiento de punta a punta nunca es fácil: en algún momento, la experiencia comienza a provocar una sensación de dolor. Es por tanto una prueba que, temporal o definitivamente, saca al sujeto de su estado normal. Penetrar en las circunvoluciones también significa sufrir una metamorfosis” [1]
Que el laberinto del oído sea responsable de nuestro equilibrio es una imagen bastante elocuente si consideramos que el equilibrio es transitar por tensiones dinámicas con soltura. A todos se nos fue dado más de un laberinto para ser transitado y que une dos opuestos, el más evidente es la vida misma, que une el nacimiento y la muerte. El cómo se atraviesa la vida son laberintos dentro del laberinto, por ejemplo, está el laberinto que une nuestra voluntad y nuestra consciencia o el laberinto que nos enseñó Dionisio, el que une nuestra condición titánica y nuestra condición divina. Para Santa Teresa de Jesús, nuestra interioridad es un laberinto hecho de muchas moradas en cuyo centro mismo se encuentra Dios. Nuestro componente divino está oculto tras un laberinto.
“Déjela andar [al alma] por estas moradas arriba y abajo y a los lados (…) no consideren pocas piezas, sino un millón (…) ¡Oh, válgame Dios, y qué son los trabajos interiores y exteriores que padece [el alma] hasta que entra en la sétima morada!”[2]
Un laberinto con muchas moradas, como la casa de Asterión, es decir, el laberinto del minotauro del que nos habla Borges, cuyo protagonista, el mismo minotauro, nos cuenta su relación con su casa:
“Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” [3]
Nuestra casa-laberinto puede ser transitada como un ritual sagrado o puede ser un extravío. Para transitar el laberinto sin extraviarnos, no debemos pensar en el llegar a todo costo a la última morada, porque no vamos a llegar, sino atender a cómo llegamos, porque el laberinto tiene un orden, y esta es su clave. El primer principio del orden del laberinto cretense es que sólo hay un camino: es unicursal.
Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso. [4]
Si insistimos en el camino, llegaremos al otro lado sí o sí, pues en laberinto verdadero no hay forma de perderse: se llega siempre, el laberinto es un gerundio, siempre está ocurriendo. Lo que importa es lo que ocurre dentro de él, eventualmente el monstruo aparecerá, lo que quiere decir que el laberinto es la posibilidad de encontrarse. Pero el mundo es el lugar del extravío.
“El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad”. [5]
Todo peregrinaje tiene un ir y un volver, quien va y no vuelve, se queda, se queda allá. Hay que hacer lo que los griegos llaman Catábasis y Anábasis: entrar a otro mundo o salir de este, para regresar. Pero, como dijimos anteriormente, ese regresar es siempre diferente.
Es cosa de muy pocos ser independiente: - es un privilegio de los fuertes. Y quien intenta serlo sin tener necesidad, aunque tenga todo el derecho a ello, demuestra que, probablemente, es no sólo fuerte, sino teme-
rario hasta el exceso.
Se introduce en un laberinto, multiplica por mil los peligros que ya la vida comporta en sí; de éstos no es el menor el que nadie vea con sus ojos cómo y en dónde él mismo se extravía, se aísla y es despedazado trozo a trozo por un Minotauro cualquiera de las cavernas de la conciencia.
Suponiendo que ese hombre perezca, esto ocurre tan lejos de la comprensión de los hombres que éstos no lo sienten ni compadecen: - ¡y él no puede ya volver atrás!, ¡no puede retroceder ya tampoco a la compasión de los
hombres! [6]
El laberinto es construido por Dédalo con una geometría impecable, no es un recorrido asaroso como nuestra estrechéz de espíritu nos hace creer. Pero para calcular el camino hace falta tener fe en los diferentes trayectos, fragmentar la infinidad en infinitos pasos. Estos pequeños fragmentos que componen la infinitud se llaman infinitésimos en matemáticas y con estos infinitésimos pasos podemos llegar, si nos lo proponemos, a encontrar el Minotauro. El peregrino se somete al ritmo universal.
Ama tu ritmo y ama tus acciones como tu ley. Eres un universo entre universos. [6]
Nosotros diríamos, entonces, eres un laberinto entre laberintos. Así que, quien se ciñe al ritmo del laberinto y se concentra en los infinitésimos pasos, podrá llegar al otro lado.
Así es como se fragmenta el peregrinaje: no se trata de llegar, lo importante es ir yendo, pues somos peregrinos de la vida. Nos sometemos trazando el camino que llega hasta el final del laberinto o nos perdemos en sus infinitas habitaciones. Someterse a un camino es siempre rechazar otros, Santa Teresa nos dice:
“Su majestad os dará por otros caminos lo que os quita por este, por lo que Su Majestad sabe, que son muy ocultos sus secretos”. [7]
En la Odisea de Nikos Kazanstakis, cuando homero describe el laberinto de creta, no lo describe como un lugar para perderse -como el laberinto barroco, que es el que está en nuestro imaginario, que es una experiencia estética para perderse-, el laberinto clásico es descrito como un komos, es decir, una pista de baile, un lugar para bailar. Atravesar el laberinto es siempre una Danza y Dionisio es el Dios bailarín.
Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella que baila.[8]
[1] Sophie Chiari, L’image du labyrinthe à la Renaissance, Détours et arabesques autemps de Shakespeare
[2] Santa Teresa de Jesús, Las moradas
[3] Jorge Luis Borges, La casa de Asterión
[4] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Prólogo de Zaratustra
[5] Jorge Luis Borges, El hilo de la fábula
[6] Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal
[7] Rubén Darío, Ama tu ritmo
[8] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Prólogo de Zaratustra